Cuando a principios del siglo XX centenares de miles de personas emigraron a los Estados Unidos, lo hicieron con unas aspiraciones similares a las de quienes hoy emigran hacía otras partes del mundo, entre ellas el estado Español. La realidad que se encontraban una vez allí también era similar a la que se encuentran la mayoría de inmigrantes hoy: el no reconocimiento de derechos, una mala vivienda y el dilema entre el desempleo o el trabajo peor remunerado.
La situación de los trabajadores estadounidenses no era mucho mejor. Ellos sí tenían reconocidos algunos derechos políticos (excepto las mujeres, negros y otros grupos étnicos), pero las duras condiciones laborales condenaban a una gran parte de la población a una vida corta y enfermiza. Una doctora de la época, Elizabeth Shapleigh, escribió que “un número considerable de chicos y chicas [morían] en el primer o segundo año de trabajo” y que un 36 por ciento de ellos fallecían antes de los veinticinco años de edad (1). Estas condiciones eran especialmente duras en la minería y en la industria textil, donde mayoritariamente trabajaban mujeres y niños.
Un tercer elemento de similitud era la existencia de miles y miles de trabajadores que iban de una parte a otra del país buscando trabajo y que eran contratados para empleos de unos pocos días para posteriormente echarse de nuevo a la carretera y buscar un nuevo empleo. Estos trabajadores, conocidos con el nombre genérico de hobos, eran el resultado de la depresión económica que había azotado EE.UU. a finales del siglo XIX y constituían un sector importante de la mano de obra. En su mayoría no eran inmigrantes, sino trabajadores industriales que habían sido despedidos y que eran contratados por agentes de trabajo que se quedaban con una parte del sueldo. Estos agentes eran conocidos con el sobrenombre de “tiburones” y hasta cierto punto su papel nos recuerda al de las ETT’s con los trabajadores temporales.
Al contrario de lo que pudiera parecer, los hobos tenían una fuerte conciencia sindical, pero se encontraban con serios problemas a la hora de organizarse. La única central existente durante años, la American Federation of Labor (AFL), tan sólo organizaba a trabajadores cualificados, varones y no inmigrantes. Muchos historiadores la han definido como una especie de aristocracia obrera que únicamente contemplaba la lucha económica y olvidaba cualquier otro tipo de conflicto social. Samuel Gompers, presidente de la AFL, decía que el racismo del sur era un “asunto interno” en el que nadie tenía que interferir. Con este panorama, los miles de trabajadores inmigrantes que llegaban en barcos al país quedaban marginados de la mayor parte de la clase trabajadora y se veían forzados a organizarse en grupos de extranjeros que, a su vez, no se relacionaban con otros grupos extranjeros (2). Esta pésima situación cambió en 1905 cuando una conferencia de sindicalistas y revolucionarios de distintas tendencias decidió fundar una nueva central sindical, la Industrial Workers of the World (IWW), también conocida como los wobblies.
Reorganizando el panorama
Desde su fundación, la IWW se propuso varios objetivos. El preámbulo de su Constitución empezaba con unas palabras que no dejaban lugar a dudas: “La clase trabajadora y la clase capitalista no tienen nada en común. [...] Entre estas dos clases debe emprenderse una lucha hasta que los trabajadores del mundo se organicen como una clase, tomen posesión de la tierra y la maquinaria de producción, y terminen con el sistema salarial.” Esto no era una simple declaración de principios, sino un objetivo real que orientaba el trabajo diario de la organización, dirigido a dotar a los trabajadores y las trabajadoras de las herramientas necesarias para controlar sus propias vidas.
Los trabajadores inmigrantes encontraron en la IWW un sindicato que defendía sus derechos e identidad por igual. Decían que sólo había dos naciones: la de los jefes y la de los esclavos; entonces, pues, todos los esclavos debían organizarse conjuntamente en “Un Gran Sindicato”. Todos los trabajadores independientemente de su género, raza, categoría profesional o rama industrial debían formar parte de una misma organización para enfrentarse al capitalismo y construir una nueva sociedad “en el caparazón de la vieja”. Para ello la IWW se dotó de interesantes mecanismos.
Cuando estallaba un conflicto, lo primero que hacían los wobblies era crear un comité con al menos un representante de cada nacionalidad presente en la empresa. En la impresionante huelga textil de Lawrence en 1912, hasta veinticuatro nacionalidades distintas formaron parte del comité. Esto rompió los esquemas de la AFL, que a pesar de su intento de liderar la huelga no consiguió seguimiento alguno. Por otro lado, la IWW, que solamente contaba con mil afiliados en la población, lideró una huelga de 50.000 trabajadores y trabajadoras. Su apuesta por la participación desde la base y su incorruptible óptica de clase garantizaban, como mínimo, la unidad necesaria para la lucha.
Otra táctica habitual consistía en extender el conflicto e involucrar a la población local. Los piquetes no se concentraban en las puertas de la empresa, sino que se dirigían al poblado y recorrían las calles haciendo llamamientos a la huelga en otras empresas y animando a la población a no prestarse como esquiroles. Si hacía falta, incluso evacuaban a la población infantil a otras ciudades para que las familias pudieran concentrarse en la lucha. En la huelga de Lawrence cerca de 300 niños y niñas fueron desplazados a través de una campaña impulsada por el periódico socialista Call.
La agitación era una herramienta imprescindible para los wobblies, pues con cada huelga, con cada conflicto sabían que estaban cambiando el mundo. Muchas de las experiencias de aquellos días nos pueden servir para la lucha de hoy.
Reciclar la historia
En una ocasión el líder de los mineros, Bill Haywood, fue invitado a hablar en Louisiana, donde la ley prohibía que blancos y negros participaran en un mismo acto, y dijo que si trabajaban en las mismas fábricas entonces los negros tenían que estar allí presentes. Estos fueron invitados y se afiliaron en bloque a la IWW. De no haber reaccionado contra esta forma de discriminación, seguramente los trabajadores blancos habrían seguido considerando la situación anterior como normal. Hoy en día, cuando no invitamos a las organizaciones de inmigrantes a unirse a las luchas, estamos cometiendo el mismo error.
Lo mismo pasa con los trabajadores y trabajadoras temporales. Los grandes sindicatos dan por hecho que es difícil organizarlos porque van de una empresa a otra y difícilmente pueden crear comités de empresa. La IWW solucionaba esta situación con los sindicatos locales, eje de su trabajo, los cuales tenían delegados en las empresas. Cuando un conflicto tenía lugar, todo el sindicato local se movilizaba. Cuando una parte de la clase está en lucha, toda la clase debe estar apoyándola.
La IWW nunca logró tener un nivel de afiliación elevado y estable. Sin embargo, su abnegación por la lucha y el énfasis en la unidad la dotaron de una capacidad de liderazgo que podía movilizar a miles. Era un sindicato revolucionario, no obstante la ideología nunca era un impedimento para formar parte de la organización. Entre sus dirigentes habían anarquistas, socialistas y simples sindicalistas. Uno de sus fundadores, el socialista Eugene Debs, fue candidato a presidente de EE.UU. Hoy en día las centrales sindicales más radicales tienden a poner la ideología por delante de la unidad de la clase, con lo que confunden el papel del sindicato con el de la organización política, con el resultado que los trabajadores menos concienciados prefieren estar en centrales reformistas que a menudo no representan sus intereses. Los wobblies demostraron que la unidad no está reñida con la radicalidad.
Por otro lado, la experiencia de la IWW nos demuestra que los trabajadores temporales pueden y deben organizarse en los sindicatos. Pero los sindicatos también deben buscar las estrategias apropiadas para la “nueva” realidad del trabajo. El dogmatismo organizativo es enemigo de la lucha, y debemos esforzarnos por encontrar la táctica apropiada a cada cambio de situación. El dominio industrial en la economía estadounidense no impidió que la IWW estuviera por encima de las divisiones estructurales del capitalismo y que buscara, ante nada, la unidad de todos los trabajadores y trabajadoras, independientemente de su sector y categoría.
Todos sus esfuerzos se dirigían a conquistar un mundo sin jefes ni explotación. Para ello, se dejaron de lamentaciones y se dedicaron a organizarse.
(1) The twenieth century, Howard Zinn, HarperPerennial 1998.
(2)En este sentido, es interesante leer el primer volumen de la autobiografía de Emma Goldman, Viviendo mi vida, Fundación Anselmo Lorenzo 1995.
