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Las protestas contra el G8 en Escocia el pasado mes de julio fueron el último episodio de una serie de movilizaciones vividas desde Seattle, como parte de lo que se ha llamado el nuevo movimiento global. Aún a pesar de los miles de policías que cortaron calles y carreteras, aún a pesar de que el Parlamento escocés no permitiera la manifestación en Gleaneagles hasta el último momento y, sobre todo, aún a pesar de que la policía escocesa decidiera cambiar la ruta de ésta horas antes de su inicio, miles de activistas nos encontramos de nuevo para recordar que no hay lugar en el mundo dónde los gendarmes de la globalización y la guerra capitalista puedan reunirse sin oposición. No lo lograron en las nevadas montañas de Davos, y no lo iban a lograr en las tranquilas praderas escocesas donde el poeta Shelley una vez nos recordó que nosotros somos muchos, y ellos muy pocos.

El movimiento global se encuentra en un punto de transición. Después de las grandes movilizaciones contra la guerra de Irak, pero todavía inmersos en la guerra al terrorismo promovida por Bush, Blair y sus compañeros de juego, los activistas del mundo entero debemos reconocer que nos queda mucho por hacer. Las últimas ediciones del Foro Social Mundial y Europeo han puesto en evidencia que existe una fragmentación creciente en el movimiento. Por un lado están quienes recorren el mundo de reunión en reunión, decidiendo sobre formas y contenidos de los Foros; por otro, estamos los activistas que preferimos la acción y los debates reales, en la calle, y que construimos el movimiento en nuestras ciudades, universidades y puestos de trabajo. Esta, que pudiera parecer una simple división del trabajo, es en realidad una divergencia de prioridades y objetivos. Los Foros internacionales pueden ser una universidad de ideas o un catalizador de movilizaciones. Nosotros nos quedamos con lo segundo, sin olvidar que, como dicen los zapatistas, caminando hablamos.

Las protestas de Escocia mostraron claramente esta divergencia de posiciones. Los organizadores de la campaña Make Poverty History (Hagamos de la pobreza historia) y del festival filántropo musical Live8, no ocultaron en ningún momento su deseo de reunirse y ser escuchados por los dirigentes del G8. Bob Geldof, máximo responsable de Live8, llegó incluso a arrimarse al hombro de Blair afirmando que éste era “un campeón para África”. Los organizadores de Make Poverty History, por su parte, quisieron impedir al intelectual filipino Walden Bello que denunciara la intervención militar en Irak desde el escenario donde, unos minutos antes, un cardenal de la iglesia británica habló sobre la bondad y misericordia de los miles de activistas que nos habíamos desplazado hasta Edimburgo. ¿Detalles sin importancia? No. Más bien se trata de prioridades distintas. Unos quieren sacudir conciencias, otros preferimos sacudir las bases mismas del mundo actual.

¿Significa esto que no podemos andar juntos nunca más? Nada más lejos. Significa que debemos continuar andando, pero que no debemos olvidarnos de construir. Demasiado a menudo algunos confunden el movimiento con los Foros, las manifestaciones internacionales y las redes cibernéticas. Todo esto forma parte de nuestra agenda global, pero la cuestión clave es qué hacemos cuando volvemos a casa. Los comités locales, las redes anticapitalistas y los movimientos sociales deben ser el centro de nuestra actividad. Sólo así podremos dejar de protestar para empezar a demandar.

Los ocho días de protestas en Escocia pusieron esta necesidad en evidencia. ¿Cómo pudieron los organizadores de Make Poverty History menospreciar la cuestión de la guerra? ¿Cómo fue posible que después de casi año y medio de organización las manifestaciones en las que no participaron ONG’s reunieran como mucho 5000 personas? Podrían aludirse las fechas, los exámenes, pero más acertado es hablar de debilidad de los movimientos locales. Miremos, por ejemplo, la delegación española. Sólo medio centenar de activistas se desplazaron allí organizadamente. Seguramente el motivo es que tan solo dos pequeños colectivos, En lucha y Arde Madrid, hicieron campaña para llevar gente hasta Edimburgo. Las redes anticapitalistas que hasta ahora habían hecho este trabajo, como la catalana XMG, están casi inoperativas, y de su revitalización puede depender el éxito de futuras movilizaciones. Por lo tanto, construir el movimiento sigue siendo una tarea principalmente local, aunque no localista, y debemos volver a ponernos manos a la obra para que así sea.

Como muestra final, otro botón. Las manifestaciones tras los atentados de Madrid demostraron que el movimiento contra la guerra había echado raíces, y que el trabajo que durante más de dos años se había hecho por parte de los movimientos sociales daba su fruto. Volviendo de Escocia, muchos recordamos estos momentos históricos. Las bombas de Londres nos recordaron que la guerra sigue allí, y que ahora será tarea de los movimientos locales de Gran Bretaña cerrar este horrible capítulo de su historia reciente. Nosotros lo conseguimos año y medio atrás, y todo el apoyo que podamos ofrecer a los compañeros británicos nos acercará un pasito más hacia nuestros objetivos de justicia y paz.


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