Witold GOMBROWICZ, Ferdydurke
La construcción es uno de los grandes temas de Ferdydurke, o al menos eso nos dice la mente, siempre obsesionada por encontrar el tema. Habría que puntualizar que la construcción de la que habla Gombrowicz es la del artificio, la farsa, que nos persigue letra tras letra y que se muestra en todas sus posibles apariencias, desde la escuela hasta el ¡ai!, bonito romance. El autor polaco traza una mirada sobre los conceptos de madurez e immadurez en sus implicaciones filosóficas pero, sobre todo, vitales. Para este comentario me basaré, principalmente, en el prefacio del cuento “Filifor forrado de niño” y en los capítulos que se desarrollan dentro de la escuela, centrándome casi exclusivamente en la crítica al arte y a la construcción social, dejando otros asuntos para otros posibles momentos. Para llegar al fondo de la cuestión, olvidaré por absoluto el argumento (la regresión a la infancia de Pepe) y me quedaré únicamente con las aportaciones que Ferdydurke hace al respecto.
***
La escuela, ese gran aparato ideológico, es el primer centro de construcción que encontramos en Ferdydurke. El maestro arrebate contra sus alumnos disparándoles una verdad tras otra, mientras el pedagogo observa complaciente desde un segundo plano. Una discusión sucede cuando el profesor intenta aclarar a sus alumnos por qué el poeta Juliusz Slowacki “despierta en nosotros el amor, la admiración y el goce”. No hay argumento alguno; Slowacki es un gran poeta porqué es un gran poeta, “un gran poeta”, como repite una y otra vez el Enteco, y no se pude hacer otra cosa que admirarlo y gozar de su poesía. El arte se impone a los alumnos desde la verdad indiscutible del maestro, y la oposición de un único alumno, Kotecki, lleva al maestro a un terreno de confontació dialéctica del que sólo sabe huir arrastrándose hasta el terreno moral (“¡Kotecki, tenga piedad!”), tratando de conmover al pequeño descarrilado con las fotos de su esposa e hijos, en una escena de alto contenido humillante para el profesor que nos recuerda que incluso él, valedor de la única verdad posible sobre la tierra, no hace sino reproducir la falsedad que también le fue impuesta y que, por el bien de su família y el suyo propio, no puede permitirse contradecir. En la escuela todos fingen; el profesor bajo su máscara de madurez, el alumno bajo la suya de immadurez. El concepto mismo de madurez queda aniquilado, pues resulta ser una farsa en uno y otro sentido, ya que aquí nadie dice la verdad, no por desconocimiento, sino porque supone un riesgo. El nopodermiento –la sensación de no poder continuar adelante con la farsa– se apodera por momentos de todos, pero la madurez, erigida en Ferdydurke a un nivel casi divino, aparece siempre como freno. Sin embargo, todos quieren huir de la escuela, el maestro el primero, que mira el reloj ansiosamente y que desaparece a media frase sonada la campana. Es entonces cuando, nos recuerda Gombrowicz, todos dejan los sueños oficiales para irrumpir en sus íntimos sueños de muchacho y adolsescente.
Se pregunta Kuspit en El fin del arte “¿Qué es arte verdadero en un mundo en el que el arte es dinero? ¿Quién es un auténtico artista si para el arte no hay ninguna realidad distinta de la realidad comercial?”. De la misma forma, podríamos preguntarnos a propósito de Ferdydurke, ¿qué es el arte en un mundo donde la reproducción contínua de la farsa, del espectáculo, es la realidad? ¿Quién es un auténtico artista si para el arte mismo la única realidad posible es el espectáculo? En un momento en que las propuestas que pretendían transformar el arte a través de su cuestionamiento y ridiculización, como las de Duchamp y los dadaistas, han sido asumidas como prácticamente el único arte posible, ¿qué nos queda ya por hacer? Con toda seguridad hay sólo dos posibles vías: repetirse ad infinitum y recrearse en la autocomplacencia del artista de museo, o bien volver a las raíces, entendidas como la esencia, del arte. “Si os preocupaseis menos por el Arte y más por vuestras personas, no os callaríais nunca frente a tan terrible violación de la persona; y el poeta, en vez de que para otro poeta sus poemas escribiese, se sentiría penetrado y creado desde abajo por fuerzas que hasta ahora pasaba por alto”, afirma Gombrowicz en el prefacio del cuento Filifor forrado de niño.
El artista, o mejor dicho, el servidor del arte sobre la tierra, aquel que olvida la humanidad que debe impregnar todo lienzo u hoja en blanco, edifica su obra sobre la construcción supuestamente madura de lo racional; es el arte arbitrado por el pensamiento. “¿Así que el creador trata de lucir su capacidad constructiva sólo para que el conocedor pueda lucir sus conocimientos al respecto?”. O como nuevamente Kuspit constata: “Dicho con senzillez, tener una personalidad es más importante que ser una persona. Es más, hoy en día no hay ninguna necesidad de ser una persona –ninguna necesidad de tener valores humanos–, sólo de ser un consumidor entendido. Uno sólo necesita conocer el valor de cambio de los seres humanos. (...) Confundimos fácilmente valores inhumanos con valores humanos por lo bien empaquetados que están los primeros, que es lo que constituye el problema del postarte”. Si nos remitimos a los términos utilizados por Gombrowicz, nos encontraríamos ante los problemas de la forma y la obra, es decir, de la forma como imposició constante sobre el acto creativo y de la obra como imposición constante sobre el acto contemplativo, quedando el arte así encerrado en el cenáculo de la madurez, despreciando el carácter eminentemente viviente, humano, práctico o cotidiano –son palabras de Gombrowicz– que debe caracterizar el acto creativo.
“Urge reformar la actitud del escritor secundario”, lanza en otra parte del citado prefacio, abucheando a quienes en lugar de encontrarse a sí mismos y ahondar en el autoconocimiento, escriben con pluma ajena sin llegar nunca a aportar nada al arte. No está criticando aquí Gombrowicz la mala literatura, sino la indisposición del escritor a tropezar con su propia obra aceptando, si hace falta, su fracaso como autor. Este fracaso, sin embargo, sería un éxito para su persona, al contrario que la obra escrita con pluma ajena, que constituye por si misma un fracaso artístico. “Y si, por casualidad, se le ocurriese engendrar una obra indolente o aun estúpida, diría: ¡Bueno! Engendré estúpidamente, pero no firmé con nadie un contrato para la fabricación de obras sabias y perfectas. Expresé mi estupidez y me alegro por eso, pues la severidad humana que provoqué en contra mía me está trabajando, formando, me crea como de nuevo y me siento como si hubiera nacido otra vez”. Esta es la immadurez del artista, quien en lugar de arriesgarse a encontrar su camino opta por recorrer las latitudes ya exploradas en aras de su propia seguridad, y esconderse, como lo haría un populista, en los lugares comunes y las verdades mayoritariamente aceptadas.
Una mosca acaba de irrumpir en mi escritorio, y no he podido evitar que a mí acudieran las palabras de Blake, a quien tanto desprecia Kotecki: “La pregunta en Inglaterra no es si un hombre tiene talento y genio, sino si es pasivo y cortés y un culo virtuoso y obediente ante las opiniones del noble sobre arte y ciencia. Si lo es, es un buen hombre. Si no, debe morir de hambre”. El artista que no asuma la posibilidad de morir de hambre, igualmente perecerá.
***
Volviendo al tema, no se puede obviar que Ferdydurke es también un claro arrebato contra el racionalismo, como se transluce de la disputa entre Filifor y Antifilifor o de la insaciable búsqueda por parte de Polilla de la inocencia del alma no viciada por conocimiento ni filosofía alguna, esa inociencia que el maestro no ha pervertido todavía con su discurso desde y para la sumisión, y que él personifica en el peón –¡el peoncito!. Constantes son los llamamientos de Polilla para huir del pesado mundo de la escuela –de la madurez, la màscara, la facha–, como constantes son las llamadas de Gombrowicz para huir del arte y los artistas que se cubren con el manto de la madurez. Al atacar el racionalismo, inevitablemente sale dañado el irracionalismo, siguiendo así con el binomio madurez-inmadurez propuesto a lo largo de todo el texto. El irracionalismo de los comensales cuando aplauden las bofetadas que mútuamente se prestan Filifor y Antifilifor, o más concretamente, que prestan a sus respectivas esposas, o el atrollador esperpento que levantan los tiros que hacen caer dedos, nos da la contrapartida de una sociedad que así como es capaz de edificar la más sobria de las razones, puede también desvivirse por las más aburdas conductas humanas. Sin serlo, Ferdydurke entra a veces en la órbita de la literatura surrealista, o al menos coincide con algunos de sus elementos teóricos fundamentales: “El humano de los tiempos remotos, solamente sabe pensar de manera poética, y quizá, a pesar de su ignorancia, penetra intuitivamente más lejos en lo profundo de su ser y en la naturaleza, de la que apenas se diferencia. El pensador racionalista sólo disecciona, a partir de un conocimiento puramente teórico” (B. Péret).
Llegados a este punto, resulta evidente que Gombrowicz nos está invitando claramente a vivir. Si la vida nos es impuesta a partir de su continua racionalización, el arte, que no es sino la manifestación creativa de la vida, es en consecuencia otra imposición ficticia que debe ser rápidamente dejada atrás. “En vez de crear ficciones, déjense crear por los hechos”, afirma, pues sólo cuando la humanidad se haya liberado de la pesada carga de la forma, de la definición, de la madurez, llegará a un estado tal en que todos seremos grandes genios.
Así que no voy a malgastar ni uno más de sus segundos con mis elucubraciones. Pero antes de despedirme, déjenme contarles aquella vez que fui a pasear por el puerto y, entre el hedor de las redes y el casi imperceptible ruido de los barcos colisionando contra el muelle al ritmo hipnotizante de las olas, pensé: no me importaría pasar el resto de mis días en un pequeño bote fumando cigarrillos y tocando la guitarra. ¡Oh sí!, y con un buen vino.
FUENTES
GOMBROWICZ, Witold. Ferdydurke, Seix Barral 2001.
PÉRET, Benjamin. Tiene la palabra Péret, 1943. En El deshonor de los poetas, Anagal 2006.
KUSPIT, Donald. El fin del arte, Akal 2006.
COX, Judy. William Blake, Flajelo de tiranos, Viejo topo 2004.
